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Nuestros primeros pasos en Francia: Toulouse, 1986

Uno de los primeros días, mientras nos dirigíamos hacia el obispado, dos de nuestros hermanos más necesitados nos interpelaban en una gran avenida. Enseguida se les sumaron otros dos amigos, y tres más justo después: «Hermanas, ¡estos días estabais con nosotros en el comedor!» Y era verdad, habíamos estado varias veces en el comedor social.

«Pero a ver, ¿vosotras sois pobres?»

-Somos hermanitas mendicantes, sí.

-Mendicantes, mendicantes… o sea, como nosotros, ¿no?… Pero entonces, no sois de Iglesia, no es posible, porque es rica… El papa, el Vaticano…

Y todo lo repasaron, sin dejarse nada.

Entonces, tímidamente, pudimos ir explicando que era precisamente la Iglesia la que nos enviaba hacia ellos para que pudiéramos ser en verdad sus hermanitas. «¡La Iglesia! … pobres, mendicantes, como nosotros… pues yo eso sí que lo quiero, ¡sí que lo quiero!»

 Y mientras nos íbamos al obispado, la alegría de los pobres dando gracias a la Iglesia llenaba nuestro corazón… y en nuestros pasos, iban los pasos de los pobres…

Durante estos días previos a la navidad, todavía no habíamos encontrado alojamiento. Muchas puertas permanecían cerradas: una situación que nos resultaba un tanto ingrata ciertos días. El domingo siguiente, nos reunimos en la iglesia de Rangueil para participar de la eucaristía con nuestros hermanos dominicos de Toulouse. Al cruzar el umbral de la puerta, perdidas en nuestras preocupaciones, hasta nos preguntábamos, por primera vez, creo yo, qué sentido podía tener la vida de mendicidad… Entonces, de repente, una voz fraterna y sonora nos hizo volver atrás: era Pedro, el mendigo. Y como otras tantas personas, ¡no lo habíamos visto!

«¡Lo que hacéis, hermana, está muy bien!», gritaba, «estabais con nosotros estos últimos días… ¡Di que sí!, cuando os vi, me dije: ¡Olé!, ¡si la «creencia» viene a nosotros!, Ah, y lo que comíamos no estaba muy bueno, pero en cuanto os vi, empecé a comer con apetito».

Con voz llena de entusiasmo, Pedro nos conducía de nuevo hacia nuestros hermanos más pobres, hacia ese lugar de alegría, en cuanto estamos juntos, ellos con nosotros y nosotros con ellos en el nombre de Jesús…      

Era el momento de familiarizarse poco a poco y mutuamente. Cada día se alegraban más y su alegría nos liberaba de nuestros miedos, de nuestro andar a tientas, del temor. Tanto a unos como a otros, nos costaba creer en la Buena Noticia. Hasta que un día, nos hicieron exultar de alegría, en lo más profundo de nuestro corazón: «¡Hermanas, desde que están con nosotros, ya no somos unos desgraciados!». Lo acabábamos de escuchar: para siempre, estábamos comprometidos por esta promesa mutua de felicidad.

La Iglesia selló esta Promesa:

«Sed testigos entre nosotros de la Sabiduría de Cristo, que es necedad a los ojos del mundo. Que los más pobres descubran en vosotras un signo de la ternura divina y de la proximidad fraterna de la Iglesia». † Padre A. COLLINI, arzobispo de Toulouse, 16 sept. 1988

La tarde del 24 de diciembre, nuestros hermanos sin techo acechaban nuestra salida de misa para desearnos una feliz Navidad y ofrecernos el mejor pastel que habían recibido…

Mendigos de la calle, ¿hermanos nuestros? Sin duda, y os aseguro que esa noche de Navidad tenían el porte real de los Magos en Belén, ofreciendo sus presentes al Rey de reyes…  

Y cada día, se nos iban abriendo los ojos: «Sois una raza real, una nación santa, un pueblo adquirido para proclamar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable». (1 P 1,9)

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