A la Comunidad de hermanitos y hermanitas del Cordero se unen laicos célibes, familias, jóvenes, niños y sacerdotes diocesanos, formando así la «Familia del Cordero».

Cada cual, según su estado de vida y ahí donde se encuentra, quiere vivir el misterio del Cordero, poniendo en práctica lo que se ha convertido en la divisa de la Comunidad: «Herido, no dejaré jamás de amar».

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