La historia de fundación

Actualmente, en 2026, la fundación de las hermanitas del Cordero cuenta con cuarenta y cuatro años, la de los hermanitos con treinta y cinco. No obstante, si queremos remontar a la fuente, nos encontramos, claro está, con una «prehistoria» que ilumina lo que sigue. Empezamos, pues, por el año 1968 y los años posteriores.

París 1968

Algunas hermanas de la Congregación Romana de Santo Domingo residimos en París, en pleno barrio latino, el barrio del Odeón. Nos encontramos en plena revolución llamada «cultural»; sopla un viento violento que deja tras sí caos y desorden. Marx y Hegel se convierten para muchos en maestros del pensamiento; las comunidades eclesiales resultan afectadas y buen número de sacerdotes y religiosos abandonan el ministerio y la vida consagrada. En nuestra pequeña comunidad, que dirige una residencia femenina de estudiantes, algunos adoquines caen sobre el tejado, pero nada de eso puede separarnos del amor de Jesús que va creciendo en nuestros corazones. El amor fraterno que vivimos y el soplo del Espíritu son más fuertes. Colocamos un aviso en la ventana de la capilla, así todo el que pasa puede leer: «Capilla abierta al público».

Algunos jóvenes universitarios se unen a nosotros. Por mi parte¹, gozo en estos años de la gracia insigne de estudiar a los Padres de la Iglesia en la universidad de la Sorbona, con un grupo de profesores cristianos que se mantienen en pie en medio de la borrasca y a quienes los vientos más fuertes no hacen vacilar. Un día, en un anfiteatro, una estudiante grita: «¿Quién ha perdido esto?». Yo, revestida del hábito dominico, reconozco mi rosario, me declaro propietaria y me lo entregan. A raíz de este acontecimiento muchos de estos estudiantes descubrirán el camino hacia la comunidad.

El grupo que asiste a las celebraciones litúrgicas va creciendo. Juntos bebemos de las fuentes del Oriente y del Occidente, nos detenemos en la contemplación de los iconos de la Trinidad, de la Virgen y de Cristo, estudiamos la Summa de santo Tomás de Aquino y, por encima de todo, el Evangelio.

Volver a las fuentes

También frailes dominicos jóvenes en una situación idéntica a la nuestra se unen a nosotras. Igualmente ellos son patrólogos, aman a la Iglesia, a Jesucristo y su Evangelio, «acudíamos asiduamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la fracción del pan, a la oración» (cf. Hechos de los Apóstoles 2, 42). Una palabra se nos hace presente con frecuencia en nuestra oración: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a pequeños» (Mateo 11, 25). Como«pequeños», tenemos que entregarnos a esta gran bendición de Jesús y dejarnos conducir, movidos por el Espíritu de alabanza y consuelo, a lo íntimo de la Vida trinitaria. Por eso, sin cesar, cantamos a la bienaventurada y vivificante Trinidad:

¡Oh, bienaventurada Trinidad,
Eterna fuente de la vida,
santifícanos con tu presencia!
¡Cantemos por siempre tu Gloria!

Estamos experimentando que no hay revolución posible si no es desde lo más profundo del corazón. Debemos vivir del Evangelio de Jesús. Los Padres de la Iglesia están siendo nuestros maestros: Ambrosio de Milán y Agustín, Casiano, Sofronio de Jerusalén y Máximo el Confesor, y santo Tomás de Aquino, a quien el padre Hubert nos ayuda a descubrir. ¡Tantos nombres amigos! Acoger la Tradición en la novedad del Hoy de Dios, en el corazón de la Iglesia, bajo la inspiración del Vaticano II, es en aquel momento nuestro propósito, y finalmente, en el contexto de aquellos años… ¡es una revolución!

En medio de esta agitación, el Señor sigue construyendo su Iglesia sobre la roca de la amistad, y nosotros gustamos de una profunda unanimidad fraterna. En estos momentos vivimos el primer encuentro con el padre Christoph Schönborn OP, actualmente cardenal arzobispo de Viena, Austria. ¡Imposible imaginarlo entonces! Hoy por hoy, además, ¡es el padre de la Comunidad! Su lema episcopal es precisamente: «A vosotros os he llamado amigos» (Juan 15, 15).

La Luz del Evangelio

Según el espíritu de nuestro padre santo Domingo, que a su vez había recibido esta práctica del monje Casiano, meditamos la Palabra de Dios a la luz de los Padres de la Iglesia. Aprendemos de memoria el Evangelio, lo aprendemos «con el corazón» y, como dicen las Escrituras, lo «comemos», lo manducamos. Puede leerse lo que se le dice al profeta Ezequiel: «Come el libro» (cf. Ezequiel 3, 1), y para san Juan, en el Apocalipsis, el término es aún más preciso: «Devora el libro» (cf. Apocalipsis 10, 9).

Cada día, a la luz del Evangelio, empezamos a plantearnos estas preguntas —cosa que seguimos también haciendo hoy en día—: «¿Quién es Dios? ¿Quién es el hombre?». Y, ¿quién mejor que Jesucristo y el santo Evangelio para dar respuesta a estas preguntas? La vida, la verdadera vida, llena de amor y que hace vivir, está naciendo en nuestros corazones y triunfa secretamente sobre el nihilismo imperante. Jesús, manso y humilde de corazón, nos conduce por caminos de paz que la violencia del momento no puede malograr. Así pues, nuestra vida se va haciendo cada vez más mariana: teníamos costumbre de rezar el rosario, devoción particularmente querida por santo Domingo, pero la manducación del Evangelio nos une ahora a la Virgen María tal y como nos la presenta el Evangelio: «María guardaba todas estas cosas en su corazón» (cf. Lucas 2, 19). Este pequeño grupo de estudiantes, de universitarios, de frailes dominicos permanece en aquellos momentos fuertemente unido en torno a la Virgen. Experimentamos un fervor renovado en la oración, y al contemplar el Misterio de Dios, los lazos de amistad se vuelven más profundos.

Ya no nos queda vino, y precisamente en este momento se nos ofrece gratuitamente el mejor.  El grano de trigo caído en tierra ha muerto, los ideólogos celebran su victoria, sin saber que el grano de trigo caído en tierra, si muere, da mucho fruto (cf. Juan 12, 24).

En el seno de la Iglesia

En realidad, la vida en el Espíritu Santo está brotando también en otros grupos, dando a luz a nuevas comunidades. Una verdadera primavera se vislumbra por entonces en la Iglesia. Sobre las brasas de un fuego que parece extinguirse el Espíritu de Dios está soplando, y un nuevo fuego empieza a prender secretamente en el corazón de todos los creyentes. La luz que las tinieblas no pueden vencer está en cada corazón (cf. Juan 1, 5), y una unción divina y santa viene a curar nuestras heridas. Jesús es el Salvador y Señor, Él nos da su Espíritu, la Iglesia es nuestra Madre, nuestra Casa.

Se diría que la revolución de mayo de 1968 quiere arrasar con todo a su paso, pero, como señalábamos antes, ha sido precedida, en el seno de la Iglesia, por el concilio Vaticano II; otro tipo de revolución fundada sobre el amor a Dios y a todos nuestros hermanos en humanidad. El Concilio acaba de ofrecer al mundo una Iglesia renovada por el Espíritu del Señor. La liturgia del Concilio nos permite vivir al ritmo del corazón de Dios y de su amor por los hombres. El Evangelio, guardado en nuestros corazones con María y vivido en el amor a Dios y al prójimo como alimento de la oración, es una fuerza de resistencia que vence todo desorden y todo mal. En el corazón de la Iglesia está naciendo la civilización del Amor. «Los torrentes no podrán apagarla, ni los ríos anegarla» (cf. Cantar de los Cantares 8, 7).

Santo Domingo y…
Dominique, el pobre «muchacho» en la noche

Durante la oración, especialmente en las noches de adoración, el grito de nuestro padre santo Domingo se hace nuestro: «Misericordia mía, ¿qué será de los pecadores?», y añadimos: «de los cuales somos los primeros». En su plegaria, santo Domingo decía también sin cesar: «¡Sí, soy yo el que ha pecado!»

«Misericordia mía, ¿qué será de los pecadores?». Este grito de nuestro padre santo Domingo, que resuena en sus noches de vigilia y durante el día invade su corazón, este grito de súplica, es el que percibe en el seno de la misma Trinidad; Dios Padre, amigo de los hombres, se vuelve hacia el Hijo, al que interpela diciendo: «Oh, Tú, Misericordia mía (expresión perfecta de mi amor misericordioso) ¿qué será de los pecadores?». Y el Hijo responde, tal y como nos dicen las Escrituras: «¡He aquí que vengo! ¡Heme aquí, envíame!» (cf. Salmo 39, 8; Hebreos 10, 7).

santo Domingo

En comunión con esta conmoción de la misericordia divina, Domingo se pone en marcha para la misión. De igual modo nosotros, encomendándonos a su intercesión, según el mandato de Jesús y de su Evangelio, «vamos».

Empiezo entonces a ir por las noches, con algunos jóvenes universitarios a los barrios más difíciles donde se refugian «los que habitan en tinieblas» (cf. Lucas 1, 79). Así nos encontramos con los jóvenes más perdidos, con los pobres. No puedo olvidar el rostro de un «muchacho» llamado Dominique, precisamente, de unos dieciséis años. Permanece grabado en mi memoria. Son los inicios de la droga en París. Dominique se inyecta heroína. La muerte ya está inscrita en su rostro.

Fuego y Luz

Ese día empecé a presentir que la impotencia que se experimenta junto al pobre, el miedo que a veces nos atenaza, da lugar a un amor que nuestro pobre corazón no puede producir, un amor hasta entonces desconocido. Otro corazón late en el nuestro, el de Jesús que ama al pobre y le salva haciéndose uno con él, haciéndose uno conmigo. Sí, la Misericordia que nos envía a los pobres es un amor más fuerte que la muerte.

Desde lo hondo de estas tinieblas, de entre tantos rostros sufrientes, surge la «Santa Faz» de Jesús que irradia esa luz del Amor que las tinieblas no pueden alcanzar. El «divino Mendigo» anda en busca de nuestra fe, de nuestro amor y de nuestra adoración para que en la noche de este mundo irrumpan la ternura del Padre y el consuelo del Espíritu, el poder de la Resurrección que vence las tinieblas, el mal y la muerte. Al permitirme estas misiones nocturnas, se me había hecho una única recomendación: «¡No des nunca la dirección de casa!» Pero, a pesar mío, los pobres me siguen y la encuentran. Parecen «asaltar» la residencia, que se llena rápidamente. A partir de ahora quedamos vinculadas a ellos; en la puerta, dentro del hogar y dondequiera que sus vidas nos conduzcan. Podrían contarse aquí otros muchos episodios. De ahora en adelante ellos nos marcarán el rumbo. Será un viaje sin retorno.

Es evidente que el contexto de la residencia estudiantil femenina no es compatible con la acogida de los pobres. Los locales no están adaptados y algunas familias se inquietan. Lo ponemos todo en manos del Señor e invocamos juntos al Espíritu Santo. En un diálogo fraterno y orante se vislumbra cuál será la siguiente etapa.

Este primer encuentro frontal —aunque también cordial— con los pobres, esta inmersión en el combate contra el mal y la muerte, en las tinieblas y la noche, suscita en nosotras una segunda llamada: la llamada a la conversión, a la fe, la llamada a creer en el Evangelio, a ser simplemente uno con Jesús en su Pasión y su Cruz victoriosa sobre todo mal, incluso sobre la misma muerte. Es preciso, pues, permanecer en oración al pie de la Cruz de Jesús.

Vézelay 1974

En agosto de 1974, participamos de un retiro en Vézelay, al pie de la colina, en una pequeña ermita franciscana, La Cordelle. En 1217, este mismo lugar había albergado a algunos de los primeros compañeros de Francisco de Asís, entre ellos al hermano Pacífico, que habían ido allí para vivir y predicar el Evangelio. Ahora, sus hermanos acogen a las nueve hermanas dominicas de París. Llegamos deseosas de escuchar la Palabra de Dios en este lugar de silencio y de luz donde el Evangelio había echado fuertes raíces. El retiro va a ser predicado por el hermano Jean-Claude, franciscano. ¡Será un encuentro decisivo! En este hermano de Francisco habita el mismo deseo que en nosotras: la oración, la pasión por el Evangelio, el deseo de ser uno con Jesús, la necesidad de anunciar como Jesús la Buena Nueva a los pobres.

Pobres y mendigos

Cuenta una hermosa historia que Francisco y Domingo se encontraron y se abrazaron… Francisco y Domingo eran pobres de Cristo, mendicantes. Nadie olvida que Francisco se desposó con la «Dama Pobreza»; Para todos será siempre el poverello. Pero ¿quién sabe que Domingo imitó la pobreza de Cristo Pobre2? La gracia de aquel encuentro de antaño nos visitaba. En adelante, nuestra historia se inscribiría en esta amistad que unía a nuestros padres santo Domingo y san Francisco3.

Durante el retiro, una oración de súplica se repite sin cesar y resume todas las demás: «¡Señor, concédenos el don de la imposible pobreza de tu Evangelio!». Concluye el retiro… y nada más. No hemos sido capaces de idear ni la más pequeña propuesta humana para vivir con mayor intensidad el Evangelio tras los pasos de Domingo. Ninguna reflexión comunitaria sintetizada, ningún proyecto planificado; nada más que una inmensa esperanza, un don renovado de nuestras vidas. Dios proveerá.

Una señal «grande como una casa»

Llegado el momento de la dispersión, cada hermana se marcha para un período anual de soledad. Dos hermanitas se quedan allí todavía unas horas, y entonces… un pequeño acontecimiento: un hermano franciscano, encantado de encontrarse con las dos hermanas, les lanza unas palabras que más bien suenan a broma: «Si queréis vivir pobres… en el pueblo hay una casita. ¡Sus dueños os la prestan durante algunos meses!».

Ya en París, toda la comunidad de hermanas ve en esta propuesta de la casita de Vézelay un signo, una respuesta a nuestra oración. Sí, tenemos que ir. También los jóvenes universitarios lo ven como una señal. Las señales de Dios suelen ser muy pequeñas y, cómo no, nos espera lo desconocido… ¡Así es como actúa el Señor!

«Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré» (Génesis 12, 1). «Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo» (Marcos 10, 21). Sí, llega la hora de dejarlo todo nuevamente; el ambiente universitario, París, e incluso a los pobres, para seguir a Jesús, tan solo a Jesús, pobre y crucificado. Ir «al desierto» para ser enviado de nuevo a la hora de Dios.

Así que nos mandan a Vézelay, a una hermana mayor y a mí. La hermana Jean-Paul, OP, que es por entonces la provincial, confirmará este envío con palabras proféticas: «¡Para saber si algo viene del Espíritu Santo, hay que hacerlo!». Nos vamos, «sin oro ni plata», para vivir en la oración y la pobreza.

Los primeros días de noviembre de 1974, Vézelay nos acoge en su luminosa basílica, bañada cada mañana por la luz del Salvador, «sol naciente que viene a visitarnos» (cf. Lucas 1, 78); y habitada por la presencia de santa María Magdalena. A su intercesión confiamos a las personas encontradas en las noches de París y comenzamos a vivir según su escuela, «sentadas a los pies del Señor» escuchando la Palabra (cf. Lucas 10, 39) con María, la Madre de Jesús, que «guardaba todas estas cosas en su corazón».

Todos los santos de 1974

Vézelay también quiere decir encontrar de nuevo al hermano Jean-Claude.  El Señor nos lo dará en primer lugar como padre espiritual y, más adelante, para fundar con nosotras la Comunidad del Cordero. Tanto el padre Christoph Schönborn como el hermano Jean-Claude recuerdan estos primeros momentos en Vézelay. Escuchémoslos.

El hermano Jean-Claude nos cuenta: «Día de Todos los Santos de 1974 en Vézelay, en una pequeña y pobre casita: allí, el padre Christoph confiaba la presencia eucarística del Señor a las hermanitas Marie y Réginald. Eran los comienzos de la Comunidad del Cordero, pero nosotros no lo sabíamos. Días antes, fr. Michel Hubaut OFM, párroco de Vézelay, y yo mismo, habíamos preparado la casita. Ahí como germen estaba ya condensada toda la historia… es bueno hacer memoria, sí, sin desperdiciar en lo más mínimo el don de Dios.

“¡Es el Señor!” (Juan 21, 7). Primer día, Jesús toma posesión del lugar, Él es el único Maestro, el Amigo, el Esposo, el Cordero. Esta instalación del Santísimo Sacramento por el padre Christoph será lo que constituya el punto de partida, la base, el fundamento, la semilla inicial, la única referencia en adelante.

“No os llamo ya siervos sino amigos” (Juan 15, 15). Sí, es la amistad lo que nos reúne, a Marie y a sus hermanas, al padre Christoph, a los dos franciscanos… y nunca acabaremos de descubrir las maravillas de este “amaos como yo os he amado” (cf. Juan 13, 34) que tan claramente se manifestó en los comienzos.

Una casa de oración… en pleno centro del pueblo, alejada de la gran ciudad, pero en medio de los hombres. La gente empezará a llamarla la ermita de Santo Domingo (y efectivamente, allí vivió sola la hermanita Marie durante nueve meses). Fue un lugar de retiro, de soledad, dedicado a la alabanza y a la intercesión, a la oración solitaria, a la liturgia —que rápidamente cobrará mayor amplitud— al estudio, a la acogida y a la transmisión de la Palabra de Dios.

“Bienaventurados los pobres” (Mateo 5, 3). Era efectivamente una casa precaria. Reflejaba en sí misma la primera de las Bienaventuranzas. Todos juntos hacíamos esta oración: “¡Señor, concédenos el don de la imposible pobreza de tu Evangelio!”. Un poco más adelante, desde este misterio de la pobreza evangélica, florecerán inevitablemente la mendicidad y la itinerancia».

También el padre Christoph recuerda ese día: «Por mi parte, todavía me asombro de haber sido un privilegiado testigo de aquellas primeras horas en las que, acompañándoos a Vézelay, celebré la primera eucaristía y les dejé a las hermanitas Marie y Réginald la Presencia de Jesús para adorarlo en aquella pequeña casa tan pobre, tal y como le agradaban a nuestro padre santo Domingo. Se leía el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mateo 5, 1-12). Evidentemente mi predicación se hizo eco de aquella palabra. Era el 1 de noviembre de 1974, día de Todos los Santos. Recuerdo una frase de mi madre, que ese día estaba conmigo, al despedirnos de nuestras dos hermanitas que se “quedaban” allí con Jesús: “¡Las dejas… en esta pobreza!”. Yo creía, y también ellas lo creían, que eran “bienaventuradas”, sí, con esta alegría que nadie puede quitar cuando descubrimos que es posible dejarlo todo por Jesús y que es el Señor el que hace posibles estas cosas en nuestras vidas».

Nueve meses de «eremitorio»

Todavía estarán dos meses juntas nuestras dos hermanitas; tras lo cual la comunidad de París pide ayuda y solicita el regreso de la hermana Réginald.  La hermanita Marie inicia entonces la etapa de soledad en «la ermita de santo Domingo».

Un tiempo para la oración y la soledad, la acogida de jóvenes universitarios y de numerosos pobres, un tiempo en el que el Cordero nos llama a seguirlo.

Volver a las fuentes bajo la inspiración del Vatican II

Al mismo tiempo, se me pedirá que estudie los textos latinos que expresan el carisma de la Orden de Predicadores en su forma más primitiva. De este modo, somos invitadas a volver «a las fuentes de los fundadores», tal y como el Concilio Vaticano II propone. Y qué gracia tan conmovedora es vivir la coincidencia entre la experiencia de abandono a la Providencia recientemente iniciada y lo que estos textos revelan…

Se manifiesta así el carisma de santo Domingo, expresado en un admirable compendio: predicar el Evangelio haciéndose uno con el Siervo doliente, «imitando la pobreza de Cristo pobre», volverse cotidianamente mendicante para revelar el amor mendicante de Dios, que irá hasta ofrecerse en sacrificio. En una palabra, hacerse mendigo para revelar al mundo el Cordero de Dios: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1, 29), todo el mal del mundo.

Estos textos primitivos ponen de manifiesto la experiencia de santo Domingo mientras oraba en la noche. Domingo contemplaba la pasión de nuestro Señor Jesucristo: el corazón traspasado de Jesús deja ver el amor mendicante del Padre a la espera de las ovejas perdidas que el Hijo anda buscando, este Hijo que es el enviado de la Misericordia. La luz del amor mendicante transfiguraba a santo Domingo cada vez más… a imagen del Siervo doliente, cuyos rasgos asume. Pobre y mendicante: así es como predicaba por todos lados a Cristo, pobre y despreciable.

En su Providencia, Dios nos está conduciendo mediante la sucesión de pequeños acontecimientos, tras los pasos de Domingo, a seguir a Jesús. Estos textos iluminan el don que Dios nos hace cotidianamente, meditarlos nos llena de acción de gracias. Todo lo que acabamos de vivir cobra sentido: la vida evangélica tal y como la quería Domingo se nos acaba de entregar, sencilla, y con sabor a manantial y a aguas vivas.

Y como siempre, el don de Dios se inscribe en la humilde cotidianeidad.

Una Comunidad en el seno de la Iglesia: 1979-1983

Pronto otras hermanas, y luego algunas jóvenes, se unen a las tres primeras hermanitas. En 1979, la segunda fraternidad ve la luz en Chartres. En 1981, la Madre General de nuestra Congregación me llama para decirme: «Lo que llevas en ti es algo nuevo, es preciso que tengas el valor de fundar». Y es cierto, se trata del nacimiento de una nueva comunidad dentro de la familia dominicana. Habrá entonces que fundarla eclesialmente.

El 17 de diciembre de 1981, Monseñor Michel Kuehn, obispo de Chartres, reconoce en el seno de la Iglesia a la Comunidad del Cordero. Poco después, con el acuerdo del obispo, alentadas por él, decidimos ir en busca de otra diócesis más indicada para acoger a este pequeño rebaño y acompañar su crecimiento.

La hermanita Marie-Noëlle y yo nos ponemos en camino como peregrinas a Lourdes para «mendigarle» a la Virgen un obispo «que sea un padre, un hermano y un amigo».

Al cabo de varios días, entramos en la ciudad durante la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, el 11 de febrero de 1982. Nos dirigimos a toda prisa hacia la gruta, cuando de repente suena una bocina. Un viejo amigo, que vive por entonces cerca de allí, se baja del coche y nos dice: «¿Qué hacéis aquí?». Se lo contamos brevemente y nos responde: «Conozco al obispo que buscáis. ¡Así que vosotras sois la causa por la que he venido a Lourdes…! Esta mañana me he sentido empujado a tomar el volante mientras no dejaba de escuchar en mi corazón: “¡El padre Jean en Lourdes!”. Sí, para vosotras, ¡el indicado es el padre Jean Chabbert, arzobispo de Rabat, en Marruecos!».

Cierto es que, años atrás, tuvimos oportunidad de conocer a este obispo durante un congreso eucarístico en Lourdes. Pudimos en aquella ocasión dialogar con él acerca de lo que estábamos viviendo, fue una conversación desde la abundancia del corazón. Pero ¿en Marruecos? ¿Para fundar dentro de la Iglesia? —Inimaginable por aquel entonces— Sin embargo, nuestro amigo sabe que el padre Jean Chabbert volverá a Francia. Propone llamarle al arzobispado de Rabat.  ¡Hoy! ¡Ahora! Será una señal si él mismo descuelga el teléfono. Llamamos. Reconocemos la voz del padre Jean que responde y que, además, sí, está dispuesto, en cuanto vuelva a Francia, a acoger en su nueva diócesis a la pequeña comunidad.

Más tarde, evocando esta fecha del 11 de febrero de 1982, el padre Jean nos confesará que le había pedido a la Virgen María la gracia de permanecer a lo largo del día en oración junto a la gruta. Unos meses más tarde, el nombramiento es oficial: Monseñor Jean Chabbert es enviado a Perpiñán.

Llegamos a Perpiñán siendo doce hermanitas. Es el 28 de enero de 1983, festividad de santo Tomás de Aquino. Encontramos una casa en el número 33 de la calle Joseph-Denis, en el barrio de Saint-Jacques, un barrio pobre habitado por familias gitanas y magrebíes a dos pasos del obispado. Dos muchachos con gran interés participan informalmente con nosotras en la fundación. Son las primicias de los hermanitos del Cordero.

El 6 de febrero de 1983, Monseñor Jean Chabbert, arzobispo-obispo de Perpiñán, reconoce en el seno de la Iglesia la Comunidad del Cordero. El 16 de julio de ese mismo año, festividad de Nuestra Señora del Monte Carmelo, el padre Vincent de Couesnongle, OP, entonces Maestro de la Orden, reconoce a la Comunidad como «una nueva rama surgida del tronco de la Orden de Predicadores». Nos escribe: «Y, como entre hermanos y hermanas se quieren las riquezas compartidas, yo declaro que de ahora en adelante vosotras participáis de los méritos de la Orden, la cual se siente ya enriquecida, como santo Domingo en tiempos de Prulla, por vuestra oración y vuestro testimonio de vida. Es en esta comunión que, bajo la mirada de Nuestra Señora de la Contemplación, os bendigo en el nombre de santo Domingo».

El 8 de agosto de 1990, festividad de santo Domingo, de nuevo el padre Jean acoge oficialmente a los hermanitos en el seno de la Iglesia. Más tarde, el 22 de noviembre de 1999, fray Timothy Radcliffe OP, Maestro de la Orden, reconoce a los hermanitos «como parte de la familia dominicana». Su sucesor, fray Carlos Aspiroz OP, confirmará esta acogida dos años después.

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¹ cf. N. del T.: Se ha respetado el cambio repentino de persona del relato original ahora y en adelante. En primera persona habla la hermanita Marie, por entonces joven hermana dominica.

2 Véanse los textos primitivos de la Orden de Predicadores, en particular las Bulas pontificias de confirmación de la Orden.

3 Los historiadores pueden mostrar hoy la importancia que este hecho revistió para santo Domingo en la puesta en práctica de su propio carisma.

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