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Nuestros primeros pasos en América Latina: Chile, enero 1989

Ahí estábamos, dos hermanitas con el obispo de Linares y el párroco, inmersos en una de las poblaciones, un verdadero campo de pobres, en una pequeña «barraca-capilla» hecha con viejos tablones mal ensamblados. Le decíamos al Señor: «¿Ser mendicantes entre quienes tienen ya tan poco pan? ¿Cómo vamos a poder, Señor?».

Entonces, como en los “casos de mayor dificultad” o en uno de esos momentos en los que tanto se precisa de la luz del Señor, abrimos la Biblia y nos encontramos con aquél bellísimo pasaje de la viuda de Sarepta (1 Reyes 17, 7-16) en el que Elías le pide a la viuda pobre lo que ya no tiene: Un pedazo de pan en tu mano… Ella va, a pesar de todo, y cuece el pan con lo que le queda, y la promesa de Dios se realiza:

«La tinaja de harina no se agotará,  la orza de aceite no se vaciará» …

Comprendo así, en mi corazón, que nosotros debemos seguir siendo mendicantes y que Dios, por su lado, bendecirá al pobre y multiplicará su pan y su aceite. Al día siguiente, volvemos a la población para mendigar por primera vez nuestra comida en este país. Le pedimos, en la esquina de una callejuela, a una abuela muy anciana que nos responde: «¿Cómo voy a dar a quien pasa si ni siquiera tengo lo necesario para todos estos niños?» Al tiempo que señala a cinco pequeños que están por allí. Entonces trabamos amistad, hablamos de los niños, de su propia situación, y nos despedimos con el gozo, tanto ella como nosotras, de habernos conocido. Se llama Laurentina. De repente nos llama un hombre, lo que hace que tengamos que volver a pasar por delante de la casa que acabamos de dejar.

¡De suerte!

Porque nuestra abuelita se disponía a correr para buscarnos. Nos estaba llamando: «¡Hermanitas! ¡Hermanitas!».

Nos ofrecía un pan redondo, caliente, cocido bajo la ceniza…

En estos mismos términos nos describe la Escritura el pan que Elías recibió de la pequeña viuda de Sarepta. Sí, se llama Laurentina la viuda de Sarepta.

Esta pequeña viuda nos remite a la del Evangelio que dio todo lo que era… su vida.  

Este es el fondo de nuestro propósito de vida: las «indigencias» que Domingo, nuestro padre, comparte con nosotros durante esta vida entregada en «la abyección de la pobreza voluntaria¹» para el anuncio del Evangelio.


¹ Cf. Textos primitivos: Bula pontificia de Honorio III a los hermanos de la Orden de Predicadores, 12 de diciembre de 1219.

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