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Nuestros primeros pasos en Estados Unidos: Kansas City, junio 2008.

Hace diez días que llegamos a Kansas City, Kansas. El calor es sofocante en estos inicios de junio, y hemos trabajado durante todo el día limpiando la casa en la que empezaremos a vivir dentro de unos días. Cae la tarde y nos alegramos de poder ir por fin a descansar.

Pero en la puerta de entrada, un hombre pobre nos espera decidido, se llama Teodoro ¡no nos dejará así como así!

Nuestra casa está en pleno barrio mejicano, con un 98%de mejicanos «¡exiliados!». «Lo he perdido todo», exclamará Teodoro, «mi mujer, mis hijos, ¡por mi culpa! Quiero cambiar de vida, pero no sé cómo hacerlo! He venido a veros, no para que me deis dinero, ni tampoco para comer, ¡sino para que me deis un consejo!» Y dirigiéndose hacia nuestro hermano Jean-Claude en quien reconoce a un padre, le suplica:

«¡Padre, deme un consejo!
¡Padre, deme una Palabra!
¡Padre, ilumíneme!»

Y empieza de nuevo su estribillo: «¡Lo he perdido todo! y además… mi padre murió, él me ayudaba, me aconsejaba…» Entonces se intensifica su súplica: «¡Padre, ilumíneme!» y añade interiorizando: «Lo he perdido todo», y mostrándonos su muñeca nos confiesa: «hace algunos días intenté cortarme las venas, ¡lo he perdido todo!».

Una hermanita toma entonces la mano de Teodoro, tiene las manos completamente negras porque ha pasado cinco noches fuera. La hermanita le dice: «Teodoro, lo has perdido todo, pero te queda tu corazón, tu corazón para amar, para consolar a los demás, ¡para dar la vida!»

Estas palabras todavía no han calado hondo en él. Teodoro prosigue volviéndose «hacia el padre»: «¡Lo he perdido todo!,¡Padre, ilumíneme! ¡Deme una palabra!». A lo que responde el padre: «Lo que te ha dicho la hermanita es importante: ¡Te queda tu corazón! Entonces Teodoro repite: «Sí, me queda el corazón».

Tras cinco noches fuera, Teodoro, pasito a pasito, regresa con su familia a la que hemos ido a visitar para facilitar su retorno. Implora el perdón de los suyos, que ya no pueden soportar los estragos del alcohol y se presenta de nuevo al día siguiente, bien aseado, para ayudarnos a limpiar la casa en la que vamos a vivir… Con él habremos de recorrer el largo camino del hombre que cae y se levanta, el camino de todo hombre que en esta tierra está tan solo para regresar a su corazón. Jesús, de camino hacia el Gólgota, nos ha indicado el camino de este hombre que regresa hacia el Padre, que cae y se levanta, cae de nuevo y se levanta todavía, para alzarse por fin y nacer a esta Vida que ha vencido a la muerte.

Atravesamos el Océano, y allí nos esperaba Teodoro, lo reconocimos, se parece tanto a todos esos pobres encontrados a lo largo de los años en diversidad de países, a quienes hemos querido recordar en estos relatos. Sí, por todas partes, los pobres tienen un mismo rostro, la miseria labra sus rasgos y los esculpe a imagen y semejanza del Siervo Doliente, de Jesucristo, pobre y crucificado, Él, ¡El Hijo de Dios! Dios cumple en cada uno su designio eterno de Amor:

¡El hombre a su imagen!

Sí, los pobres tienen, sin duda alguna, el mismo rostro que Jesús, contemplado a lo largo de días y noches. También ellos nos revelan a Aquél a quien les anunciamos, a través de una relación «desde el corazón» de pobres y mendigos que somos ambos; juntos proclamamos ante todos nuestros hermanos y hermanas en humanidad: «¡He aquí el Cordero de Dios!» Él es quien HOY enjuga toda lágrima de nuestros ojos. Él es quien quita el pecado del mundo, todo el mal del mundo.

Como peregrinos, orantes y mendicantes, debemos responder al grito de los pobres, al grito del hombre, a nuestro grito:

«¡Padre, necesito un consejo!»

Los pobres tienen derecho a esta sabiduría que hace que el mismo Jesús se estremezca de gozo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios e ineligentes y se las has revelado a pequeños». (Mt 11, 25)

«¡Padre, deme una Palabra!»

Tienen derecho a la Palabra de Dios, el verdadero pan de Vida. ¿Quién se la dará si no evangelizamos?

«¡Padre, ilumíneme!»

Tienen derecho a esta Luz, «la luz de los hombres» nos dirá san Juan (Jn 1, 4), es decir, la Vida del mismo Dios que nos engendra a la Vida y … y cuando lo hemos perdido todo nos queda nuestro corazón, el corazón de Dios que late en nuestro corazón, lleno de este Amor que triunfa sobre todo mal y sobre la misma muerte, lleno de esta Luz que las tinieblas no pueden vencer.

Mientras concluyo estas líneas, escucho a los hermanitos y hermanitas ensayar en inglés americano el canto de los primeros mártires y testigos de la fe:

«Oh, Luz gozosa, de la Santa Gloria del Padre,
Inmortal, Celeste, Santo y Feliz, oh, Jesucristo…»

Radiantes, con esta misma luz, mendicantes de la Trinidad santa y misioneros de la santa Faz de Jesús, caminemos, caminemos, ¡caminemos sin cesar! Sigamos la Palabra de Jesús y recorramos el mundo entero para proclamar el Evangelio a toda la Creación, esta Buena Noticia que es consuelo del Espíritu para todo hombre.

Sí, he aquí el Cordero de Dios, Él enjuga hoy toda lágrima de nuestros ojos y da su Paz al mundo, a todos los hombres de buena voluntad.

La pequeña fraternidad de Kansas City, Kansas, recibe, como respuesta a la oración de Teodoro, el nombre de «Lumen Christi». Celebraremos su festividad la noche de pascua.

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