Breve biografía del hermano Jean-Claude

Un hombre de «Paz y Bien»1

En el octavo centenario de la muerte de san Francisco, otro «pequeño Francisco», Fr. Jean-Claude OFM, nacido el 29 de septiembre de 1931, cofundador de la Comunidad del Cordero, falleció el domingo de Pascua, 5 de abril de 2026, en Saint-Pierre, Francia. Dedicado por entero a vivir y compartir la Buena Nueva a los pobres a través del testimonio de su vida evangélica, de su sacerdocio y de su paternidad espiritual, el hermano Jean-Claude ha sido una lámpara que arde (Jn 5, 35) y «alumbra a todos los que están en la casa» (Mt 5,15), a las hermanitas y hermanitos del Cordero, y a otras tantísimas personas encontradas a lo largo de sus 94 años de vida. Numerosos testimonios de hermanitas y hermanitos que acudieron al lugar de encuentro comunitario desde los diversos rincones del mundo para acompañarlo en sus últimas semanas nos ayudan a retratar a este hombre de Evangelio y de paz.

Franciscano

«Soy franciscano». Esta certeza innegable cayó sobre el joven Yves Chupin, de 19 años, mientras navegaba por las costas de su Bretaña natal durante una airosa tarde de 1951. «Desde que tengo memoria, siempre he querido ser un hombre de Dios», contaría más tarde a las hermanitas. No supo en qué consistiría su vocación hasta aquel inolvidable día en el barco. Fue como si san Francisco hubiera tomado de repente la mano de su joven hermano y no la hubiera soltado jamás. «La niebla que durante años había oscurecido mi camino se volvió una luz radiante y segura», diría también más adelante. La llamada fue clara y total, e Yves respondió con todo su ser. Ingresó en el noviciado franciscano en septiembre de 1952, donde recibió el nombre de Fray Jean-Claude, y profesó sus primeros votos el 17 de septiembre de 1953, día en que se celebra la fiesta de los estigmas de san Francisco.

Una homilía que pronunció casi setenta años después de su entrada en la vida religiosa nos habla de su gozosa perseverancia durante aquel periodo de formación. «Tenía 21 años y una buena cantidad de dificultades sobre mis espaldas y de sueños en mi cabeza. Quería seguir a Dios desde una llamada interior, y los hermanos que me guiaban me repetían: “Sopórtalo todo con paciencia, hermano Jean- Claude. No hay prisas. Solo el amor de Dios nos apremia, y el amor de Dios es paciente, dulce y benevolente”». Los franciscanos que lo formaron, entre ellos Eloi Leclerc, fueron para él hermanos y padres que lo guiaron hacia la fuente. Fr. Jean-Claude se empapó profundamente del legado de su orden, memorizando y saboreando los escritos de san Francisco y escrutando su reflejo en sus estudios de teología, de filosofía y de espiritualidad. «Desde el principio, san Francisco se me presentó como el hombre evangélico que podía realmente llevarme a Jesús», decía.

Hermano

La tradición relata que san Francisco y santo Domingo se conocieron y se abrazaron, un encuentro que, a su modo, reviviría Fr. Jean-Claude tras veinte años de vida regular. Mientras servía como párroco en trece pueblos alrededor de la histórica ciudad de Vézelay, lugar emblemático de peregrinación en el centro noreste de Francia, se encontró con un grupo de hermanas dominicas de la Congregación Romana de Santo Domingo, enviadas de París a Vézelay para vivir en su propia congregación una experiencia de mayor oración y pobreza voluntaria. La llamada que el Concilio Vaticano II dirigió a los religiosos, invitándolos a volver al espíritu de los fundadores, selló en su corazón la convicción de que, «por encima de todo, debemos sumergirnos en los Evangelios para ser modelados personalmente por Cristo», tal y como más tarde explicaría él mismo. Un retiro decisivo que predicó a las hermanas en agosto de 1974 —entre ellas se encontraba la hermanita Marie, fundadora de la Comunidad del Cordero—, confirmó su común intuición de volver a abrazar las aspiraciones evangélicas fundamentales en cada una de sus órdenes mendicantes. «Los primeros encuentros con las hermanas lo pondrían en contacto con una búsqueda que era también la suya, solo que según la escuela de santo Domingo. La hermanita Marie encontró en él un padre, un hermano y un amigo», testimonió el hermanito François-Dominique, prior de los hermanitos del Cordero.

Durante aquellos años de crisis, tanto para el mundo como para la Iglesia, la casa de las hermanas era para Fr. Jean- Claude un lugar de reciprocidad fraterna y de oración. Sus hermanos franciscanos lo alentaron a atender las necesidades espirituales de las hermanas en aquel momento en que se asentaba, sin saberlo todavía, la primera piedra de lo que sería la Comunidad del Cordero. Sus consejos contribuyeron a reforzar los lazos de unidad entre las primeras hermanas, y lo mismo ocurrió más tarde con los hermanitos. «El hermano Jean-Claude dejó una huella imborrable en aquellos inicios de la Comunidad y en el caminar que proseguiría», comentó el cardenal Christoph Schönborn poco antes de que falleciera. Y añadió: «La hermanita Marie y él estaban muy unidos, pero al mismo tiempo se corregían mutuamente. Esto es algo que ha contribuido mucho al ambiente sano de la Comunidad y a cultivar un espíritu de libertad que hace de los fundadores seres de carne y hueso».

Pobre

Dios había sembrado en el hermano Jean-Claude el deseo ardiente de convivir con los más heridos de la sociedad actual: los sintecho. «Para san Francisco, fue el leproso, para Jean-Claude, los sintecho». Durante varias décadas pidió con perseverancia a sus superiores el permiso para responder a esta persistente llamada, hasta que, por fin, en 1982, a los cincuenta años, fue enviado en misión a vivir en la calle día y noche, acompañado por dos de sus hermanos franciscanos. Ante la realidad de lo que estaba a punto de hacer, se enfrentó con sus propias resistencias y su fragilidad humana. «Cuando lo vimos salir a la calle, no era una hazaña, era un sí al Señor». Aceptó humildemente esta llamada interior, con toda la vulnerabilidad que implicaba este modo de vida, no para realizar un ideal, sino para acercarse lo más posible a Jesús presente en los pobres y dejarse configurar con Cristo pobre y crucificado. «Yéndose a la calle, decía querer seguir el movimiento de Cristo, el del abajamiento. Buscó abajarse a lo largo de toda su vida, viviendo este versículo del Evangelio: “Él debe crecer y yo disminuir” ».

Vivir con los sintecho era «ir adonde no hay competencia», según cuenta el hermanito Jean-Baptiste, ordenado sacerdote en 1984 por el santo papa Juan Pablo II. En un mundo marcado por los celos y la rivalidad, nadie envidiaba la vida que él había escogido. El único privilegio al que aspiraba era vivir esta forma de pobreza voluntaria. «Tenía un claro propósito: no tendría actividades precisas, simplemente una cierta proximidad con la gente, en la precariedad. Esto le dejaba tiempo para permanecer en las iglesias». Las horas de oración silenciosa y la fiel celebración de la eucaristía ritmaban sus vidas cotidianas. El hermanito Jean-Baptiste acompañó al hermano Jean-Claude en diversas misiones: «Las misas más sencillas eran para nosotros una fuente de fuerza extraordinaria». Lo que aportaba en las calles era su sacerdocio, su presencia pacífica y su profundo respeto por los pobres. «Más que intentar decirles algo, los escuchaba», y si había que dar una palabra, dejaba que fuera el hermano que lo acompañaba el que respondiera. Al fin y al cabo, es «Jesús el autor de toda evangelización», así lo escribió a una hermanita en 1996.

A lo largo de los once años pasados en la calle, de 1982 a 1993, el hermano Jean-Claude se encontraba regularmente con los hermanitos y hermanitas del Cordero en sus capítulos trimestrales en la ermita de Saint-Ferréol, en los pirineos orientales franceses, y los escuchaba compartir los fundamentos del carisma vividos en las diferentes fraternidades de misión. Estos encuentros iban acompañados de su predicación ardiente del Evangelio. Sus apasionadas homilías desbordaban de sus experiencias personales, lo que alentaba a dar un paso hacia los pobres, hacia Jesús el Pobre. «Postrarse ante el Pobre y no postrarse ante un pobre es una contradicción que hay que intentar por todos los medios extirpar de nuestra vida», así exhortaba el 1 de agosto de 1989. Al regresar a la calle, seguía pastoreando a los «corderos» con su oración por ellos y sus familias, y escribiéndoles desde diferentes lugares de Francia, Bélgica o Italia. El modo simple y modesto con que abrazaba este camino de la abyección disipaba las resistencias que de entrada podía suscitar. «¿Qué hacéis aquí?» inquiría un grupo de afganos que preparaba un dormitorio improvisado bajo una arcada. Fr. Jean-Claude, ya con 73 años, acompañado por un hermanito, acababa de llegar a la estación de Roma Ostiense, con ocasión de una misión itinerante en invierno de 2005. «¿Podríamos dormir aquí esta noche?», preguntaron los dos hermanos. Una breve vacilación por parte de los jóvenes refugiados se disipó rápidamente para abrirse a una acogida amical llena de dignidad: «¡Será un honor acogeros aquí! No os preocupéis por los cartones, os los damos, ¡porque sois nuestros invitados!».

Padrecito

«Cuánto me gustaría morir pobre en medio de los pobres», confesó el hermano Jean-Claude aquella misma noche. No acabar sus días entre los más pobres de la calle era para él una muerte en sí misma. Visto que el rebaño de hermanitos y hermanitas crecía, fue enviado en 1994 por su propia Orden para que pudiera acompañar a la Comunidad del Cordero con una mayor disponibilidad. Se instaló entonces en una modesta ermita del lugar de encuentro comunitario llamado Saint-Pierre, en el sur de Francia. Con gran humildad y obediencia al Señor, fue acogiendo poco a poco esta vocación de padre espiritual. Durante su primera visita a la fundación de la Comunidad en Buenos Aires, Argentina, los pobres reconocieron inmediatamente en él esa bondad paterna que les hacía exclamar: «¡Padrecito, padrecito!». Este título, cargado de la calidez de la cultura latinoamericana que tanto apreciaba, lo acompañó siempre. Tenía un corazón universal abierto a todos, ricos o pobres, de cualquier horizonte. Mons. Naumann, arzobispo emérito de Kansas City, lo describe así: «Era un verdadero padre espiritual que interpelaba, fortalecía y alentaba a sus hijos».

Pasaba cada día varias horas escuchando personalmente a las hermanitas y hermanitos mientras recorría los hermosos senderos de Saint-Pierre. Entonces, interrumpía de golpe la conversación para señalar con admiración cualquier insecto, ave o flor; no podía contener su alma franciscana, continuamente maravillada ante la belleza del mundo que la rodeaba, «a veces absorta por detalles que nos parecían insignificantes». El hermano Jean-Claude era un contemplativo con corazón de niño, deseoso de compartir con todos la alegría que encontraba tanto en la creación como en las Escrituras. «Siempre tenía las palabras apropiadas para conducirme a una profunda y sólida intimidad con Cristo», confesó una hermanita. «Irradiaba por su amistad con Jesús y estaba habitado por una gran sencillez y equilibrio interior. Jesús se había convertido en su propia vida». La paternidad del hermano Jean-Claude, que las cinco hermanas dominicas habían encontrado en Vézelay, se ensanchó con el pasar de los años hasta llegar a cada una de las 170 hermanitas y de los 40 hermanitos que constituyen actualmente la Comunidad del Cordero.

Sacerdote

La gracia de amistad del hermano Jean-Claude emanaba de su sacerdocio. Desde su ordenación, el 29 de junio de 1962, hasta el final de su vida, la celebración de la misa siguió siendo «el acto esencial de cada día». «Sé sacerdote de Jesús en lo más profundo de tu ser», escribió a un hermanito en su aniversario sacerdotal. «Sé sacerdote de Jesús cada día más. No tengas más cultura que Jesús y su Evangelio». Ser sacerdote era ser misionero. A lo largo de su ministerio se hizo cercano a todos, creyentes y no creyentes. Haciendo memoria de los diez años de párroco en los alrededores de Vézelay, el hermano Jean-Claude decía que se sentía a gusto «incluso entre quienes se definían como arreligiosos, agnósticos o incluso anticlericales y anticristianos. Nada de esto impidió nunca la amistad, según mi punto de vista».

Sus 64 años de sacerdocio fueron profundamente impregnados por su pasión por la Palabra de Dios. «Era un hombre enamorado del Evangelio». Desde los inicios de su ministerio, memorizar el Evangelio del domingo siguiente era para él el método seguro de preparar una homilía que condujera a sus oyentes a Cristo. «El centro de su vida era darnos, a través de su predicación, una explicación del Evangelio desde el primer hasta el último versículo», subrayando infatigablemente la importancia de la conversión. Tomar nota de sus ricas homilías era uno de los aspectos de la formación continua de la Comunidad. «Al entrar y arraigarme en esta vida, sus homilías insuflaban un nuevo aliento a mi vida, una gran esperanza. Nunca nos habló desde arriba, sino siempre como un hermano», dijo otra hermanita. La claridad, la profundidad y el dinamismo con que predicaba eran fruto de las largas horas que pasaba en oración, consagradas por entero al hondo escrute del Evangelio. Solía repetir: «Ni punto de comparación hay entre quien repite la Palabra cien veces y quien la repite ciento y una vez».

Amigo

«¡Es el papa Francisco!». La hermanita que estaba con Jean-Claude en el hospital el 23 de diciembre de 2023 le tendió el teléfono, atónita. «Sé que estás enfermo y rezo por ti», dijo el papa Francisco en español al hermano Jean-Claude. «¡Gracias! Yo también rezo por usted, como siempre pide», respondió él. La amistad con el papa Francisco se había ido forjando con los años a través de encuentros personales con la Comunidad del Cordero, tanto en Argentina como en el Vaticano, dos días después de su elección en 2013 y en los años posteriores.

«Respiraba y vivía la felicidad de Dios». No era pues de extrañar que pequeños y grandes fueran interpelados por su amable presencia. Esta profunda alegría nacía de su elección concreta de vivir el mandamiento de Jesús: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado».

Se vinculaba fácilmente con personas de diversas convicciones y orígenes, sin importar las circunstancias, como con aquel bombero ateo con el que había servido como voluntario en el cuartel de Vézelay 48 años atrás y que unas semanas antes de su muerte aún pedía noticias suyas. Quienes lo acogían en sus casas o le ofrecían sus servicios recibían más tarde una carta personal, porque no se despedía nunca sin anotar la dirección. Cuidaba la llama de la amistad con casi todas las personas que encontraba gracias a una correspondencia fiel o numerosas conversaciones telefónicas. «La humildad es la clave de la amistad», este es el consejo que le dio un día a una hermanita y él mismo era el primero en ponerlo en práctica. La firme dulzura con que acogía a los demás incitaba a compartir con él sus propias historias en toda confianza y libertad, a través de una relación auténtica.

Un testimonio escrito de su misión en la calle conquistó el corazón de un joven franciscano italiano, el hermano MarioVaccari OFM, que poco después escribió a Fr. Jean-Claude solicitando vivir un mes en su compañía. El joven hermano llegó en verano de 1994 a Saint-Pierre, donde Fr. Jean-Claude le propuso pasar unos días al ritmo de la vida monástica para ayudarle a vencer sus aprensiones antes de partir juntos por las calles de Toulouse. El mayor velaba por el más joven, enseñándole hasta qué punto la oración es el pilar de la vida itinerante. El joven profeso recibía a través de él el testimonio de que el sacerdocio no aleja de los pobres. Al enterarse de que Fr. Jean-Claude vivía sus últimas semanas, Fr. Mario, desde 2022 arzobispo de la diócesis de Massa Carraca- Pontremoli, condujo toda la noche para poder celebrar una última misa con su hermano franciscano que, treinta y dos años antes, le había permitido conocer la bendición de estar cerca de los pobres: «Llevo en mi corazón lo que él me dio como una herencia muy preciosa. Hay muchas cosas que aprendí viviendo con él, y que me han servido para ser después ministro provincial de los hermanos menores y sobre todo ahora, obispo». La formación particular que recibió entonces sigue llegando a los sintecho con quienes Mons. Vaccari comparte alguna que otra noche en la calle.

Servidor

«¡Evangelio! ¡Evangelio! ¡Evangelio!». El último año de su vida, el hermano Jean-Claude iniciaba cada homilía con esta sola palabra que resume la predicación de su existencia. Mientras que sus fuerzas disminuían y crecía su silencio, su profunda unión a la Palabra de Dios y su propósito de anunciarla no dejaban de crecer. «Amaba la Cruz y la predicaba con entusiasmo, no solo con palabras sino también con los hechos, llevando su propia cruz con Jesús en su servicio y su misión», escribió una hermanita. Varias operaciones y un gran agotamiento no pudieron apagar su sonrisa ni su celo, ni disminuir su capacidad de estar en relación.

Consintió al sufrimiento con una considerable paz y siguió acogiendo muy generosamente a sus múltiples visitantes. Hasta el final, el rebaño internacional de hermanitos y hermanitas pudo apreciar el corazón universal de su padrecito y su sentido del humor, al ritmo de sus: «Thank you!», «Wonderful!», o «Cuenten con mi oración…». Su gozosa solidez en la debilidad «hasta el extremo» (Jn 13, 1) fue en sí misma el último comentario del don total de Jesús en el lavatorio de los pies. «La alabanza perfecta es la ofrenda de sí mismo», predicó un verano.

«También yo quiero dar mi vida por mis hermanos». La conclusión de las homilías de Fr. Jean-Claude se había vuelto tan previsible como su introducción. Estos dos ejes de su predicación eran como las dos puertas por las que guiaba a la comunidad, enseñando a entrar en primer lugar por la puerta estrecha del Evangelio para ir después hacia el prójimo o el enemigo en el perdón y la caridad fraterna.

Al atardecer del domingo de Pascua, toda la comunidad se reunió en torno a su querido «padrecito» para el rezo de vísperas, mientras la luz de la Resurrección iluminaba Saint- Pierre. Se percibía claramente que Cristo Resucitado vendría pronto a buscarlo, así que el gran rebaño de «corderos» decidió esperar junto a Fr. Jean-Claude. La comunidad lo sostenía con la lectura del Evangelio según san Juan, el aleluya pascual y otras antífonas. La oración sacerdotal del capítulo 17, seguida por el canto del Magníficat, acompañó al hermano Jean-Claude en el instante en que le ofrecía su vida al Padre. «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación», declaró Jesús a los discípulos en el evangelio de Pascua. Por su parte, la creación le ofrecía un adiós cargado de ternura a quien con tardo ardor había predicado el Evangelio. El sol del atardecer posó uno de sus rayos sobre el rostro de Jean-Claude durante los últimos instantes de su vida entre nosotros. «Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, especialmente el señor hermano sol, el cual es el día, y por el cual nos alumbras», canta el cántico de las criaturas de san Francisco. «Y es bello y radiante con gran esplendor: de ti, Altísimo, lleva significación».

  1. Saludo tradicional franciscano ↩︎
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